El día 15 de octubre murió mi perro, Blan. Yo seguía trabajando en Fuentes, así que no pude despedirme de él. La última vez que lo vi fue quince días antes. Con las últimas caricias que le hice pensé en que ya sólo era la sombra del perro que un día fue. Pensé en cuánto tiempo más le quedaría, si esperaría a verme regresar o se iría en mi ausencia.

Es doloroso asistir al rápido envejecimiento de los perros de compañía. Recuerdo cuando era joven y vigoroso, cuando estaba en su plenitud y ladraba y jugaba con todo y con todos y corría por todas partes con su carita de velocidad, con la lengua fuera y la bocota abierta y sonriente, y no se cansaba nunca, y si se cansaba un poco se despatarraba en el suelo o en la camita y empezaba a rebozarse cual croqueta. Recuerdo, después, sus primeros achaques: una gastritis, varias operaciones para extraerle espigas de las patas, otra operación para quitarle un quiste de un testículo. Luego, las primeras manifestaciones propias de la vejez: las primeras heridas que no cicatrizaban, una infección de oído, una conjuntivitis con úlcera en un ojo, los primeros dolores de cadera y la primera cojera al levantarse de dormir. La primera vez que lo tengo que bajar en brazos porque él solo no puede. La primera vez que le echo las gotas del ojito. La primera vez que le aplico en las heridas una de esas pringosas e inútiles pomadas para no sé qué. Por último, la completa vejez: una sordera cada vez más evidente, la ceguera total de un ojo (el malito) y la ceguera parcial del otro, artrosis, varias úlceras en la piel cada vez mayores y que no cicatrizaban nunca. Parece ser que al final el veterinario se inclinó por un cáncer de piel.

Blan iba apagándose: cada vez tenía menos ganas de jugar, de correr, hasta que al final casi no tenía ganas de salir ni de moverse. Cuando lo cogía en brazos, a veces le miraba a los ojos fijamente: miraba su ojo ahumado, con el que no veía nada, y después miraba su ojo sano, el que aún respondía a la luz. Y yo seguía viendo vida en él, esperanza, ganas de vivir. A pesar del tiempo. A pesar de los dolores. A pesar de los medicamentos.

Pero el tiempo no da ninguna oportunidad.

Ahora mismo estoy sola en casa y ya no está su camita en mi habitación. Tampoco están por ahí sus juguetes. En la cocina no está su plato. En el cajón no está su correa. Cada vez que regreso y abro la puerta de casa me viene a la cabeza que Blan ya no está aquí. Y me duele no haberme podido despedir de él. Y me duele no haber estado aquí para decidir. Quizá no era el momento aún. ¿Cuánto más habría podido vivir? ¿De verdad él lo habría querido así? ¡Para mí era alguien!

No creo que vuelva a tener un perro nunca más.

Adiós, Blan. Algún día volveremos a vernos. Y ya nunca más serás viejito.